Del rito al festejo

Autor: Juan Miguel Collados Campos

Indiscutiblemente una de las manifestaciones folklóricas en las que se refleja de manera más patente el carácter y la personalidad de un pueblo es la fiesta tradicional.

En Extremadura poco más de una veintena de ellas han sido declaradas de interés turístico regional, y dos:”Los Empalaos” y “El Peropalo”, de interés turístico nacional. Esta fertilidad de la tradición festiva extremeña nos impulsa a detenernos en su estudio como uno de los pilares básicos de la Identidad extremeña.

Tras las investigaciones realizadas hasta este momento, sobre todo por historiadores y antropólogos, es muy probable que los orígenes de las tradiciones de carácter festivo que pueblan la geografía extremeña se remonten a tiempos prehistóricos. La mayoría de ellas enlazarían con antiguos rituales y cultos a la fertilidad, a la muerte, a la sexualidad, al amor, al sol y otros entes, fuerzas y agentes motores, tanto naturales como “sobrenaturales”, de la humanidad y, en definitiva del universo cósmico.

El recorrido o trayectoria de estos ritos a lo largo de los siglos ha venido marcado, desde nuestro punto de vista, por una serie de aspectos comunes, a los que se han ido adhiriendo las características peculiares de cada festejo, que hoy día podemos observar. A través de éste y sucesivos artículos los iremos analizando.

Y comenzamos el calendario festivo de la región extremeña viajando a una localidad situada al este de la provincia de Badajoz: Navalvillar de Pela, para conocer el curioso trote de caballos con jinetes “encamisaos” que se desarrolla en la localidad todos los años el 16 de enero a partir de las 8 de la noche.

Según nos comentan en el propio pueblo, unos documentos encontrados en Trujillo datan los orígenes de esta tradición en el s. XV. Los árabes, en este último siglo de dominio peninsular, intentaron penetrar en el antiguo poblado, y para ello lo cercaron. Entonces, los autóctonos tuvieron la feliz idea de encender numerosas hogueras en círculo, montando a caballo en mangas de camisa blanca-de ahí “encamisá”-, dando gritos y haciendo gran estruendo, todo ello con el fin de hacerles creer que en la población había más habitantes de los reales y, de esta manera, amedrentarlos. Se cuenta que tal invención surtió efecto, y los árabes, asustados, huyeron lejos de esa gran cantidad supuesta de soldados cristianos.

De la festividad en sí y del desarrollo del festejo vamos a destacar dos aspectos: en primer lugar, el hecho de que se celebre a principios de año;y en segundo, la abundante presencia de hogueras. Ya desde diciembre, poco antes del solsticio de invierno, no es nada raro encontrarnos por los distintos pueblos de la geografía extremeña con fiestas o tradiciones en las que el fuego es bien protagonista bien elemento importante de la propia fiesta.

Según investigaciones realizadas por antropólogos, los cultos al sol y a la luz por parte del hombre se remontan a tiempos prehistóricos, y, por otro lado, muchas de estas manifestaciones rituales consistían en danzas y cantos en torno a hogueras. Si, finalmente, tenemos en cuenta que el solsticio de invierno viene a significar el nacimiento cíclico de la luz solar-crecen los días y decrecen las noches-, llegamos a la conclusión de que el actual festejo enlazaría con ritos de origen remoto.

Ahora bien, la tradición como tal no nace hasta el s. XV, en que tiene lugar la peripecia con los moros. Por tanto, al rito se superpone un suceso legendario y heroico que, sin embargo, se va convirtiendo en pura anécdota con el paso de los años, una vez que el hecho se descontextualizar y el componente festivo y lúdico es preponderante. El carácter superfluo de la tradición que comentamos y de otras se intensifica hasta nuestros días paulatinamente, de tal manera que en más de una ocasión resulta complejo identificar la forma primigenia o el sentido simbólico de algunos elementos verdaderamente fundamentales de la tradición.

En cualquier caso, en ningún momento debemos olvidar, respecto a la situación actual de la fiesta, la superposición al rito de elementos religiosos con una polarización clara hacia el sentimiento de cruzada, de lucha contra el enemigo no cristiano, que en nuestra fiesta se nos presentan bajo la devoción a San Antón-abad francés del s. III-en nuestros días patrón de los animales.

Finalmente, todo este ingente número de componentes y constituyentes profundos de la tradición quedan solapados por los preciosos colores de las madroñeras que portan los caballos o los ensordecedores gritos profanos de los jinetes, o si no el estallido coloreado de los cohetes; en fin!: la fiesta, con todos sus placeres sensoriales.

Probablemente ahora estemos comenzando un nuevo período de evolución, que nos llevará quién sabe dónde. Me refiero al nacimiento del espectáculo, en el que parte de los integrantes de la fiesta participa y, por otra parte, ajena a las raíces de la tradición, observa como público o deja grabados para generaciones futuras imágenes y sonido de la festividad.